Olía a tabaco rancio que mataba, a cerveza sin limón, y no precisamente Coronita.
Sin embargo fue él quien, sin preguntar si quiera, se ofreció de grúa, prestando sus breves brazos, para elevar y sentar a una mujercita de edad avanzada.
Razón tenías cuando me enseñaste que los prejuicios solo te llevan a no fiarte de ellos.